

Quizás por haber caminado esta mañana con mi hijo menor y haber ido a saludar a nuestros padres y abuelos al cementerio, se me ocurrió que dar un grito de vida, era poder apreciar la belleza natural de mi ciudad. Por eso quise comenzar a desplegar en este espacio algunas miradas que reflejaran diferentes situaciones de una ciudad viva.
No porque haya sido declarada Patrimonio de la Humanidad, sino porque los que aquí vivimos sentimos un sentido de trascendencia especial, que nos hace estar siempre proyectados al mundo, pero manteniendo un ancla permanente a nuestro puerto, sus cerros y su gente.
CEMENTERIOS
Nunca me gustó
ir a los cementerios
Cuando lo hacía
la vida rebasaba mis ojos
Se prendía a la piel pálida
de las mujeres de negro
en encabritado deseo
que hasta juzgué sacrílego
Me horrorizaba
el campo de lápidas
y la flor agonizando
Siempre quise salir ligero
Prenderme al viento
y soñar frenético
con dos viudas dolidas
Sí,
nunca me gustó ir a los cementerios
Pero eran escala obligada
de las quintas de recreo
Cuando suene la sirena de mi turno
-voy a quejarme por anticipado-
mo se les ocurra archivarme
en un frío ambiente de soltero
No me torturen
con el agua mustia
que dejará vuestro olvido
Ahórrense la visita formal
los primeros de noviembre
Déjenme zarpar sereno
hasta el litoral del limbo
Déjenme recalar sin prisa
allí donde me envíe
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